jueves, 13 de mayo de 2010

El Cuento de Toda la Vida

Hoy está claro que no podemos vivir sin cuentos, sin ficción, sin narraciones. La vida –resulta una obviedad decirlo- es un extenso relato con introducción, nudo y desenlace. Nacemos, crecemos, nos desarrollamos y morimos como un buen cuento. Está bien, puede ser un mal cuento, pero eso es harina de otro costal. Los niños nos han enseñado que necesitan que les lean cuenten cuentos. Sin cuentos vivir no es vivir. “Mamá, hora del cuento”, dice un niño imperativo desde la cama.
Observen que digo “mamá” porque creo que los hombres no sabemos contar cuentos. Las que saben contar son las mujeres. No sé si será en todas las casas, pero en la mía –una casa humilde a los diez años- cuando mi madre se sentaba luego de la hora de la cena, fumaba un cigarrillo y decía: “No sé si se acuerdan de aquella señora María que enloqueció por culpa de su marido que se volvió un fantasma”, todos nosotros –hijos y niños de la casa donde vivíamos- poníamos atención y nos hacíamos en círculo alrededor de ella. Mi madre nos regalaba media hora de alguna historia: cercana (a una cuadra pasaba lo que ella narraba) o tradicional (como buena tolimense sabía muchos cuentos del campo).
Terminada de contar la historia, todos nos levantábamos trastornados. No éramos los mismos los que nos poníamos de pie. Algo nuevo nos había dicho esa señora de cabello canoso y delantal de ama de casa que nos miraba uno a uno mientras ponía énfasis especial en cada palabra que hablaba. Yo, particularmente, aquellas noches no podía dormir bien, pensando en el destino de todos aquellos seres cuya historia ella rescataba de entre las sombras.
Hoy las mamás ya no solo cuentan historias de gente del barrio o de su comarca, sino que se apertrechan de buenos libros de cuentos que sacan de la biblioteca, o que compran en alguna librería cercana. Aquí es donde yo digo que los bibliotecarios, libreros y mediadores de lectura somos fundamentales. Las familias –las mamás- necesitan a alguien que les recomienden libros para leer a sus hijos (y no solo me refiero a los más pequeños; conozco de 10 y 12 años que se chiflan por una buena historia leída por un adulto). Yo que soy maestro y formador de maestros ando para todo lado con mi lista de “Los diez mejores cuentos que debe leer a sus hijos si quiere que se duerman rápido”. Dios, no existe algo tan maravilloso como oír una voz femenina que te cuenta algo mientras tú te vas al otro lado de la realidad, el sueño.
Todos, creo, sabemos qué es un cuento y de la ritualidad que acompaña oírlos o leerlos. Al menos discursivamente sabemos cuando alguien nos va a contar un cuento. Los comienzos clásicos: “Érase una vez…”Había una vez…” O los típicos, por ejemplo, de los antioqueños: “Figúrense ustedes, pues…” O el de los cuenteros de las universidades o de las plazas: “Yo no sé si ustedes habrán oído hablar de…” O los de Roald Dahl, que van al grano: “Lena era una niña que quería desaparecer a sus padres”.
Desde el primer cuento hace millones de años contado alrededor del fuego hasta el que una mamá acaba de contar a su hijo o una bibliotecaria a un grupo de niños expectantes, todos los cuentos tienen reglas invariables: narran una única historia (sí, es cierto, algunos tienen dos o tres subhistorias, pero atadas a un hilo narrativo central); esta historia le sucede a alguien (ser humano, animal o cosa antropomorfizada); y presenta un conflicto que los lectores u oyentes esperamos se solucione o al menos tenga visos de cierre prontamente.
Buenos y malos cuentos hay en todas partes. Pero es claro que los buenos cuentos son terapéuticos (observen que por ninguna parte he dicho que nos enseñan algo o nos dejan moraleja) y nos dan una representación del mundo más elaborada. Frente a las habituales narraciones simplistas de la televisión, de los videojuegos y ahora de internet, el cuento de ficción nos podría ayudar a tener mejores referentes y más holísticos de la realidad. El amor, la belleza, la crueldad, el deseo de fuga no son temas que de manera honesta se puedan tratar caprichosamente y a la carrera. Me asombra que la gente que no lee cuentos siempre piensa que el mundo es previsible, lineal e igual al que tienen en su cabeza. Cuando esta clase de gente oye decir: “Aquella jovencita era díscola”, entonces piensan: “Se fugó con un tipo”. Y si oyen: “Es una persona confiable y honesta” -que es un eslogan de banco- se lo imaginan rico y monógamo, y buen padre que recoge a sus hijos en el colegio.
Los buenos cuentos nos previenen contra el pensamiento unidimensional, contra los prejuicios y cierta mojigatería burguesa que considera como válida una forma de vida convencional donde las cosas deben seguir igual para que no cambie nada: para que no se nos altere el pulso. Los buenos cuentos –y excusen la comparación si molesta a alguien- como los buenos orgasmos ponen a correr la sangre, quitan el aire, raptan a la vida un momento de verdad. ¿Quién después de leer “La viuda de Montiel” o “En este pueblo no hay ladrones” de Gabriel García Márquez inmediatamente no entiende de un modo más claro los orígenes de nuestra violencia en el campo? ¿Quién no cambia de punto de vista sobre la locura después de leer “La sala número 6” de Chejov? ¿Quién no adora a Marilyn Monroe después de verla retratada en “Una criatura perfecta” de Truman Capote? ¿Quién no se ríe y reflexiona sobre la generosidad después de conocer ese clásico personaje de nuestra literatura que es el Peraltica de “En la diestra de Dios Padre” de don Tomás Carrasquilla? Yo mismo no volví a actuar tan tonto como maestro de español luego de que leí “Frida” el cuento de Yolanda Reyes, donde un niño tiene que sufrir que su maestro les ponga la aburrida tarea de “Escriba lo que hizo en vacaciones”. Yo era ese maestro.
Por decirlo de un modo sintético, los buenos cuentos cumplen 10 requisitos (para decirlo al modo del Decálogo del escritor uruguayo Horacio Quiroga):

1) Atrapan a los lectores con un hecho inédito.
2) Los hechos se presentan según la forma hecho positivo –hecho negativo. Es decir, a una situación positiva (un hombre se va a casar con la mujer de su vida) viene un hecho negativo (una persona grita: “No estoy de acuerdo” en el momento en que el sacerdote pregunta si hay alguien que se opone a la boda).
3) Siempre hay una pizca de humor o ironía.
4) Los personajes son definidos en rápidos trazos, con adjetivos precisos que no se repiten.
5) No complacen las expectativas del lector; se le hace zancadilla, se le sorprende.
6) Hay una acción que domina la historia; no hay espacio para irse por las ramas.
7) No deja parpadear; se lee de una sentada.
8) Siempre lo deja a uno pensando.
9) El primer y el último párrafo son sagrados.
10) Siempre reverencia las reglas de los maestros… Siempre las traiciona.

Vivir del cuento, El cuento de los años, El cuento de nunca acabar, Destripar el cuento, Eso es mucho cuento, Le echó el cuento, Traer a cuento, A mí no me venga con cuentos, todas son expresiones coloquiales –sin duda, alguna vez las hemos usado- que nos dan idea de que el cuento nos acompaña a todas partes y nos ayuda a agudizar la inteligencia y la sensibilidad. Cuento y lenguaje; cuento e imaginación; cuento e historia; cuento y vida referenciada.
Nunca como ahora, cuando el poder nos quiere echar un cuento único, cierto y patentado por los medios de comunicación de masas, requerimos de los otros cuentos: los que nos invitan a no “tragar entero”, donde el lenguaje, las historias, los personajes, las tramas enriquecen lo mejor de lo humano y ofrecen nuevas rutas al espíritu para intentar entender un mundo caótico, lleno de intereses y ciego de modo tan frecuente. Cuentos donde la verdad no es una fórmula y donde los finales no son un happy end de reality.
Al finalizar un texto siempre me gusta citar a un autor que me ha inspirado a escribir y a quien citar es devolver algo de lo que me ha regalado en sus libros. En este caso voy a referenciar al gran cuentista estadounidense John Cheever, quien dijo al recibir el Premio Pulitzer en 1978:

 ¿Quién lee cuentos? uno se pregunta, y me gusta pensar que los leen hombres y mujeres en la sala de espera de un dentista mientras esperan su turno: que los leen en viajes de avión en lugar de ver películas banales y vulgares para matar el tiempo; que los leen hombres y mujeres sagaces, bien informados quienes parecen sentir que la ficción narrativa puede contribuir a nuestra comprensión de unos y otros, y algunas veces del confuso mundo que nos rodea.
Cierro yo: necesitamos de los buenos cuentos para sobrevivir. Necesitamos de tu voz narrativa Scherazada para que nos prestes el hilo de Ariadna y nos ayudes a movernos en ese laberinto que llamamos vida. Y a hacerlo de manera inteligente, estudiosa, serena.
Solo el arte y entre ellas la literatura –vital, atrevida, que desafía sus logros con nuevos desafíos, con todos sus anhelos ilimitados- nos permite ser incluidos en la única familia a la que legítimamente pertenecemos: la familia humana.


domingo, 14 de marzo de 2010

Continuidad de los parques, Julio Cortázar.




Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.


lunes, 22 de febrero de 2010

lunes, 15 de febrero de 2010

De Leer y Escribir. Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche.

De todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre. Escribe tú  con sangre: y te darás cuenta de que la sangre es espíritu.  No es cosa fácil el comprender la sangre ajena: yo odio a los ociosos que leen.
Quien conoce al lector no hace ya nada por el lector. Un siglo de lectores todavía - y hasta el espíritu olerá mal. El que a todo el mundo le sea lícito aprender a leer corrompe a la larga no sólo el escribir, sino también el pensar. En otro tiempo el espíritu era Dios, luego se convirtió en hombre, y ahora se convierte incluso en plebe.
Quien escribe con sangre y en forma de sentencias, ése no quiere ser leído, sino aprendido de memoria. En las montañas el camino más corto es el que va de cumbre a cumbre: mas para ello tienes que tener piernas largas. Cumbres deben ser las sentencias: y aquellos a quienes se habla, hombres altos y robustos.
El aire ligero y puro, el peligro cercano y el espíritu lleno de una alegre maldad: estas cosas se avienen bien.
Quiero tener duendes a mi alrededor, pues soy valeroso. El valor que ahuyenta los fantasmas se crea sus propios duendes,- el valor quiere reír.
Yo ya no tengo sentimientos en común con vosotros: esa nube que veo por debajo de mí, esa negrura y pesadez de que me río, - cabalmente ésa es vuestra nube tempestuosa. Vosotros miráis hacia arriba cuando deseáis elevación. Y yo miro hacia abajo, porque estoy elevado. ¿Quién de vosotros puede a la vez reír y estar elevado? Quien asciende a las montañas más altas se ríe de todas las tragedias, de las del teatro y de las de la vida.
Valerosos, despreocupados, irónicos, violentos - así nos quiere la sabiduría: es una mujer y ama siempre únicamente a un guerrero. Vosotros me decís: «la vida es difícil de llevar». Mas, ¿para qué tendríais vuestro orgullo por las mañanas y vuestra resignación por las tardes? La vida es difícil de llevar: ¡no me os pongáis tan delicados! Todos nosotros somos guapos, borricos y pollinas de carga.
¿Qué tenemos nosotros en común con el capullo de la rosa, que tiembla porque tiene encima de su cuerpo una gota de rocío? Es verdad: nosotros amamos la vida no porque estemos habituados a vivir, sino porque
estamos habituados a amar. Siempre hay algo de demencia en el amor. Pero siempre hay también algo de razón en la demencia.
Y también a mí, que soy bueno con la vida, paréceme que quienes más saben de felicidad son las mariposas y las burbujas de jabón, y todo lo que entre los hombres es de su misma especie.Ver revolotear esas almitas ligeras, locas, encantadoras, volubles - eso hace llorar y cantar a Zaratustra.Yo no creería más que en un dios que supiese bailar. Y cuando vi a mi demonio lo encontré serio, grave, profundo, solemne: era el espíritu
de la pesadez - él hace caer a todas las cosas.No con la cólera, sino con la risa se mata. ¡Adelante, matemos el espíritu de la pesadez!
He aprendido a andar: desde entonces me dedico a correr. He aprendido a volar: desde entonces no quiero ser empujado para moverme de un sitio. Ahora soy ligero, ahora vuelo, ahora me veo a mí mismo por debajo de mí, ahora un dios baila por medio de mí.


sábado, 30 de enero de 2010

La perfecta señorita, Patricia Highsmith

Theodora, o Thea como la llamaban, era la perfecta señorita desde que nació. Lo decían todos los que la habían visto desde los primeros meses de su vida, cuando la llevaban en un cochecito forrado de raso blanco. Dormía cuando debía dormir. Al despertar, sonreía a los extraños. Casi nunca mojaba los pañales. Fue facilísimo enseñarle las buenas costumbres higiénicas y aprendió a hablar extraordinariamente pronto. A continuación, aprendió a leer cuando apenas tenía dos años. Y siempre hizo gala de buenos modales. A los tres años empezó a hacer reverencias al ser presentada a la gente. Se lo enseñó su madre, naturalmente, pero Thea se desenvolvía en la etiqueta como un pato en el agua.

-Gracias, lo he pasado maravillosamente -decía con locuacidad, a los cuatro años, inclinándose en una reverencia de despedida al salir de una fiesta infantil. Volvía a su casa con su vestido almidonado tan impecable como cuando se lo puso. Cuidaba muchísimo su pelo y sus uñas. Nunca estaba sucia, y cuando veía a otros niños corriendo y jugando, haciendo flanes de barro, cayéndose y pelándose las rodillas, pensaba que eran completamente idiotas. Thea era hija única. Otras madres más ajetreadas, con dos o tres vástagos que cuidar, alababan la obediencia y la limpieza de Thea, y eso le encantaba. Thea se complacía también con las alabanzas de su propia madre. Ella y su madre se adoraban.

Entre los contemporáneos de Thea, las pandillas empezaban a los ocho, nueve o diez años, si se puede usar la palabra pandilla para el grupo informal que recorría la urbanización en patines o bicicleta. Era una típica urbanización de clase media. Pero si un niño no participaba en las partidas de «póquer loco» que tenían lugar en el garaje de algunos de los padres, o en las correrías sin destino por las calles residenciales, ese niño no contaba. Thea no contaba, por lo que respecta a la pandilla.

-No me importa nada, porque no quiero ser uno de ellos -les dijo a sus padres.

-Thea hace trampas en los juegos. Por eso no queremos que venga con nosotros -dijo un niño de diez años en una de las clases de Historia del padre de Thea.

El padre de Thea, Ted, enseñaba en una escuela de la zona. Hacía mucho tiempo que sospechaba la verdad, pero había mantenido la boca cerrada, confiando en que la cosa mejorara. Thea era un misterio para él. ¿Cómo era posible que él, un hombre tan normal y laborioso, hubiese engendrado una mujer hecha y derecha?

-Las niñas nacen mujeres -dijo Margot, la madre de Thea-. Los niños no nacen hombres. Tienen que aprender a serlo. Pero las niñas ya tienen un carácter de mujer.

-Pero eso no es tener carácter -dijo Ted-. Eso es ser intrigante. El carácter se forma con el tiempo. Como un árbol.

Margot sonrió, tolerante, y Ted tuvo la impresión de que hablaba como un hombre de la edad de piedra, mientras que su mujer y su hija vivían en la era supersónica.

Al parecer, el principal objetivo en la vida de Thea era hacer desgraciados a sus contemporáneos. Había contado una mentira sobre otra niña, en relación con un niño, y la chiquilla había llorado y casi tuvo una depresión nerviosa. Ted no podía recordar los detalles, aunque sí había comprendido la historia cuando la oyó por primera vez, resumida por Margot. Thea había logrado echarle toda la culpa a la otra niña. Maquiavelo no lo hubiera hecho mejor.

-Lo que pasa es que ella no es una sinvergüenza -dijo Margot-. Además, puede jugar con Craig, así que no está sola.

Craig tenía diez años y vivía tres casas más allá. Pero Ted no se dio cuenta al principio de que Craig estaba aislado, y por la misma razón. Una tarde, Ted observó cómo uno de los chicos de la urbanización hacía un gesto grosero, en ominoso silencio, al cruzarse con Craig por la acera.

-¡Gusano! -respondió Craig inmediatamente.

Luego echó a correr, por si el chico lo perseguía, pero el otro se limitó a volverse y decir:

-¡Eres un mierda, igual que Thea!

No era la primera vez que Ted oía tales palabras en boca de los chicos, pero tampoco las oía con frecuencia y quedó impresionado.

-Pero, ¿qué hacen solos, Thea y Craig? -le preguntó a su mujer.

-Oh, dan paseos. No sé -dijo Margot-. Supongo que Craig está enamorado de ella.

Ted ya lo había pensado. Thea poseía una belleza de cromo que le garantizaría el éxito entre los muchachos cuando llegara a la adolescencia y, naturalmente, estaba empezando antes de tiempo. Ted no tenía ningún temor de que hiciera nada indecente, porque pertenecía al tipo de las provocativas y básicamente puritanas.

A lo que se dedicaban Thea y Craig por entonces era a observar la excavación de un refugio subterráneo con túnel y dos chimeneas en un solar a una milla de distancia aproximadamente. Thea y Craig iban allí en bicicleta, se ocultaban detrás de unos arbustos cercanos y espiaban riéndose por lo bajo. Más o menos una docena de los miembros de la pandilla estaban trabajando como peones, sacando cubos de tierra, recogiendo leña y preparando papas asadas con sal y mantequilla, punto culminante de todo esfuerzo, alrededor de las seis de la tarde. Thea y Craig tenían la intención de esperar hasta que la excavación y la decoración estuvieran terminadas y luego se proponían destruirlo todo.

Mientras tanto a Thea y a Craig se les ocurrió lo que ellos llamaban «un nuevo juego de pelota», que era su clave para decir una mala pasada. Enviaron una nota mecanografiada a la mayor bocazas de la escuela, Verónica, diciendo que una niña llamada Jennifer iba a dar una fiesta sorpresa por su cumpleaños en determinada fecha, y por favor, díselo a todo el mundo, pero no se lo digas a Jennifer. Supuestamente la carta era de la madre de Jennifer. Entonces Thea y Craig se escondieron detrás de los setos y observaron a sus compañeros del colegio presentándose en casa de Jennifer, algunos vestidos con sus mejores galas, casi todos llevando regalos, mientras Jennifer se sentía cada vez más violenta, de pie en la puerta de su casa, diciendo que ella no sabía nada de la fiesta. Como la familia de Jennifer tenía dinero, todos los chicos habían pensado pasar una tarde estupenda.

Cuando el túnel, la cueva, las chimeneas y las hornacinas para las velas estuvieron acabadas, Thea y Craig fingieron tener dolor de tripas un día, en sus respectivas casas, y no fueron al colegio. Por previo acuerdo se escaparon y se reunieron a las once de la mañana en sus bicicletas. Fueron al refugio y se pusieron a saltar al unísono sobre el techo del túnel hasta que se hundió. Entonces rompieron las chimeneas y esparcieron la leña tan cuidadosamente recogida. Incluso encontraron la reserva de papas y sal y la tiraron en el bosque. Luego regresaron a casa en sus bicicletas.

Dos días más tarde, un jueves que era día de clases, Craig fue encontrado a las cinco de la tarde detrás de unos olmos en el jardín de los Knobel, muerto a puñaladas que le atravesaban la garganta y el corazón. También tenía feas heridas en la cabeza, como si lo hubiesen golpeado repetidamente con piedras ásperas. Las medidas de las puñaladas demostraron que se habían utilizado por lo menos siete cuchillos diferentes.

Ted se quedó profundamente impresionado. Para entonces ya se había enterado de lo del túnel y las chimeneas destruidas. Todo el mundo sabía que Thea y Craig habían faltado al colegio el martes en que había sido destrozado el túnel. Todo el mundo sabía que Thea y Craig estaban constantemente juntos. Ted temía por la vida de su hija. La policía no pudo acusar de la muerte de Craig a ninguno de los miembros de la pandilla, y tampoco podían juzgar por asesinato u homicidio a todo un grupo. La investigación se cerró con una advertencia a todos los padres de los niños del colegio.

-Sólo porque Craig y yo faltáramos al colegio ese mismo día no quiere decir que fuésemos juntos a romper ese estúpido túnel -le dijo Thea a una amiga de su madre, que era madre de uno de los miembros de la pandilla. Thea mentía como un consumado bribón. A un adulto le resultaba difícil desmentirla.

Así que para Thea la edad de las pandillas -a su modo- terminó con la muerte de Craig. Luego vinieron los novios y el coqueteo, oportunidades de traiciones y de intrigas, y un constante río, siempre cambiante, de jóvenes entre dieciséis y veinte años, algunos de los cuales no le duraron más de cinco días.

Dejemos a Thea a los quince años, sentada frente a un espejo, acicalándose. Se siente especialmente feliz esta noche porque su más próxima rival, una chica llamada Elizabeth, acaba de tener un accidente de coche y se ha roto la nariz y la mandíbula y sufre lesiones en un ojo, por lo que ya no volverá a ser la misma. Se acerca el verano, con todos esos bailes en las terrazas y fiestas en las piscinas. Incluso corre el rumor de que Elizabeth tendrá que ponerse la dentadura inferior postiza, de tantos dientes como se rompió, pero la lesión del ojo debe ser lo más visible. En cambio Thea escapará a todas las catástrofes. Hay una divinidad que protege a las perfectas señoritas como Thea.



FIN